¿Las luces se están apagando en el mundo?

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Por Alberto Hutschenreuter

A pocas horas de iniciarse lo que se conocería como Primera Guerra Mundial o Gran Guerra, observando desde la ventana de su despacho cómo se iban encendiendo las luces en Londres, el secretario de Asuntos Exteriores británico Sir Edward Grey susurró “las luces se está apagando ahora en toda Europa, y no las veremos de nuevo encenderse en toda nuestra vida”.

Como “sonámbulos”, para utilizar el título del excelente libro de Christopher Clark sobre los acontecimientos y decisiones que desencadenaron la catástrofe de 1914, los países de Europa marcharon hacia una larga noche de cuatro años que acabó tragándose a cerca de diez millones de personas.

Frente a los acontecimientos internacionales de hoy, ¿podemos decir que se están apagando una vez más las luces en el mundo?

En rigor, si bien las relaciones entre los Estados preeminentes se han venido deteriorando durante el siglo XXI, alcanzando en algunos casos situaciones que parecen dejar a dichos Estados al borde de los límites del oficio de la diplomacia, por caso, ante hechos como la anexión o reincorporación de Ucrania a Rusia, a diferencia de 1914 nadie se muestra hoy ansioso por ir a la guerra, tampoco existen alianzas que como gladiadores aguardan el momento de enfrentarse, ni tampoco existe un actor, como entonces Alemania, cuyo crecimiento y concepciones militares tornen inevitable una colisión (si bien para los defensores del “realismo ofensivo” contemporáneo todo ascenso de un actor nunca fue pacífico, refiriéndose, claro, a China).

Sin embargo, hay varios hechos y situaciones que han encendido luces amarillas en la política internacional, e incluso para algunos centros de ideas hace tiempo que existe una relativamente larvada confrontación entre Estados en espacios de interacción no tradicionales, es decir, en el ciberespacio.

Si consideramos el estado de situación en las tres principales “placas geopolíticas” del globo, esto es, Europa centro-oriental, Oriente Medio-Golfo Pérsico y el Asia-Pacífico-Índico, el grado de tensión ha aumentado, y en el caso de la siempre indómita placa de Oriente Medio, la situación en Siria, que entró en su séptimo año en guerra, se complica como consecuencia de tratarse de una confrontación intraestatal pero fuertemente atravesada por intereses e intervención de potencias y actores “a-estatales” zonales y extrazonales. De hecho, la mal denominada “primavera árabe” nunca existió en Siria, si por ello entendemos un levantamiento espontáneo del pueblo sirio, puesto que en  este país la revuelta y finalmente la guerra fueron hechos suscitados desde afuera.

El reciente ataque a Siria con misiles Tomahawk por parte de Estados Unidos sin duda fue una represalia a un Estado (supuestamente) responsable de haber utilizado armas de exterminio masivo, recurso que para Washington (que nunca dejó de atender el escenario de pesadilla que podría significar que tales armas puedan usarse dentro del propio territorio nacional) automáticamente implica e implicará la penalidad militar.

Pero si el ataque va más allá y tiene como propósito seguir el “curso libio”, es decir, acabar con el régimen sirio e incluso con su líder, entonces la situación internacional podría sufrir una brusca depreciación, tomando cuerpo un escenario de impredecibles consecuencias: choques o querellas en Siria entre fuerzas rusas y estadounidenses, nada menos.

En la “placa geopolítica” de Europa centro-oriental las perspectivas no son muy diferentes en cuanto a posibles escaladas. En verdad, se trata de un espacio más abarcador pues se extiende, como en su momento se refirió Halford John Mackinder cuando especificó la zona de entrada del “Heartland”, desde el área del Báltico hasta el Mar Negro, un enorme “estanque estratégico” que ha vuelto a cobrar relevancia.

En todo este espacio la acumulación militar por parte de la OTAN y de Rusia es cada vez mayor, los ejercicios militares que allí se llevan a cabo son indisimulables en relación con qué actores serían los responsables de una crisis y cómo sería una confrontación; y a menos que la situación de Ucrania, es decir, su estatus, marche hacia una forma de neutralidad, las posibilidades de quebranto y escalada se mantendrán.

En breve, Ucrania, Bielorrusia o Georgia son para Rusia “líneas geopolíticas rojas” que si  llegaran a ser atravesadas por Occidente podrían implicar “nuevas Crimeas” por parte de Rusia, es decir, réplicas que llevarían a una confrontación interestatal mayor y, como en Siria, sin precedentes.

Finalmente, el espacio del Asia-Pacífico-Índico tampoco escapa a eventuales deterioros, pues allí existen conflictos de múltiple naturaleza: desde cuestiones irresueltas de la Segunda Guerra Mundial hasta cuestiones territoriales que involucran a varios actores, pasando por incertidumbres nucleares y rivalidades crecientes entre actores preeminentes zonales y extrazonales.

Es cierto que históricamente el ascenso de toda potencia nunca resultó pacífico, pero si esa potencia observa que sus espacios marítimos de interés son acotados y se convierten en espacios reservados de doctrinas estratégicas marítimas de poderes no vecinales, aquella máxima internacional se estaría en buena medida forzando.

Asimismo, la ejecución de concepciones de seguridad “pos-patrióticas” por parte de algunos Estados, es decir, enfoques de seguridad que se dirigen más allá de los límites de la nación, podrían, como sucede cuando las placas tectónicas debajo de la superficie se encuentran y subsumen, provocar choques y escaladas de proporciones.

En cuanto a “escenarios nuevos” como las tensiones entre Estados o entre Estados y poderes fácticos, es decir, crimen organizado, terrorismo, etc., en el ciberespacio, un “territorio” que según los “nuevos teóricos de la guerra” haría casi inútiles los ejércitos y las planificaciones militares, bien podría suceder que un ataque a través de la red ocasione una represalia sobre el territorio real del atacante por parte del actor dañado, que implique incluso su ocupación, hecho con el que habrá que contar (“como de costumbre”) con la infantería. De modo que es prematuro hablar sobre el advenimiento de una “geopolítica sin territorio” o de una “geopolítica de zonas grises” que implique la defunción de la geopolítica tradicional.

Por su parte, el reto que implica el terrorismo transnacional es una fuente de inestabilidad que podría provocar “desarreglos” de escala. Los “espacios seguros” de Estados Unidos, Europa y Rusia han sido perforados por dicho fenómeno; pero podría acontecer que el terrorismo, que hasta hoy impulsó la cooperación entre los Estados para combatirlo, acabe siendo fuente de desentendimiento y crisis entre éstos, a partir de visiones y “tratamientos” basados en dobles raseros.

En suma, todavía no se están apagando las luces en el mundo de hoy, pero a menos que prontamente los poderes preeminentes alcancen tratados sustanciales para configurar un orden mayor entre Estados, es decir, como los alcanzados en 1815, 1945 o 1975 (en este caso para Europa), la situación internacional podría sufrir un impacto de escala y quedar fuera de control.

editada

Alberto Hutschenreuter es Doctor en Relaciones Internacionales. Recientemente fue publicado su último trabajo, “El roble y la estepa. Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy”, Ed. Almaluz, escrito con el Dr. Carlos Fernández Pardo.

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